El escritor que no publicó en treinta años

Joseph Mitchell tomando notas en un cementerio
Joseph Mitchell
comenzó a escribir para la revista The
New Yorker
en 1937 sobre la gente corriente de Nueva York. En 1942, publicó
El profesor Gaviota, un perfil de Joe
Gould, un bohemio que sufría el tormento de la Trinidad: intemperie, hambre y
resacas. Pedigüeño de oficio –sableaba a una clientela más o menos fija con lo
que él llamaba contribuciones para la Fundación Joe Gould-, explicaba a quien quería oírle que era el autor de la Historia oral, título al que a veces
añadía “de nuestro tiempo”, una obra monumental de más de nueve millones de
palabras (casi tres veces las que tiene la Biblia). Gould aseguraba que su obra
crecía gracias a las cosas que escuchaba a la gente. Escribía sus notas en
cuadernos escolares que repartía entre personas de confianza para que los
custodiaran.

Los perfiles del New Yorker son retratos literarios. El de Joe Gould salió
publicado el día 12 de diciembre de 1942. Pero la historia no termina cuando lo
decide el escritor. Mitchell siguió recibiendo visitas de Gould, muchas veces
para pedirle una contribución para su “fundación”. El viernes 3 de diciembre de
1943, “a eso de las tres de la tarde, Gould apareció por el New Yorker. Dijo que había perdido la
pluma y que quería pedirme una contribución a la Fundación Joe Gould para
comprarse otra”. Esa tarde, en una conversación con un editor al que llamó
Mitchell para intentar que Gould publicara su obra, el escritor del New Yorker se dio cuenta de que la
Historia oral era una invención de Gould. “¡Dios mío! –dije-. No existe.
–Estaba abrumado-. La Historia oral es
un invento. No existe”.

Gould falleció en
1957. Mitchell se tomó su tiempo y esperó hasta 1964 para revelar el
descubrimiento en un nuevo perfil que tituló El secreto de Joe  Gould. Al
final del texto, Mitchell escribió: “Una de las pocas cosas que he aprendido en
la vida es que para todo hay un momento y un lugar”. Nunca dejó de ser
un reportero ‑escribía y tomaba notas constantemente con un lapicero en papel
amarillo de la revista plegado tres veces para formar un rectángulo-, pero no
volvió a publicar nuevos trabajos en los 32 años siguientes a la aparición de El secreto de Joe Gould

Aunque no publicaba nada, Joseph Mitchell continuaba siendo un hombre de costumbres, según lo describe su hija en una reciente entrevista, salía de su casa a las 9 de la mañana para ir a su despacho en el New Yorker y regresaba a las 6 de la tarde. Se levantaba temprano, hacía gárgaras durante un minuto antes de desayunar huevos, zumo de naranja y tostadas con mermelada. Llevaba un sombrero Fedora, trajes y hasta la ropa interior de Brooks Brothers, incluso en la granja en verano donde aprovechaba la ropa más usada. Los sábados salía de su casa por la mañana con dos bolsas de la compra para ir a buscar tesoros en los solares de los edificios demolidos. Mitchell falleció en 1996 a los 87 años. Para hacerse una idea de los hallazgos del escritor entre los escombros su hija dice que, después de morir su padre, se repartieron 240 tenedores entre las dos hermanas.

Aficionando a
observar a los pájaros, entusiasta de la arquitectura –le gustaba estudiar las
fachadas de los edificios de Nueva York con unos binoculares-,
dedicaba algún tiempo de sus vacaciones a repoblar bosques y, como se ha dicho,
hurgaba entre los escombros para llevar trofeos a casa tales como cubiertos o pomos
de puertas. "Mi padre recogía rascacielos enteros y los metía
debajo de la cama", ha explicado su hija Nora Mitchell.

Antes de entrar en el New Yorker, cuando trabajaba para los periódicos, llegaba a
escribir tres crónicas en un día. En 1939, su año más prolífico en The New
Yorker
, según explica el periodista Mark Singer, escribió trece historias. En 1942 publicó dos, una de ellas El profesor gaviota. El año siguiente solo escribió
un perfil y en los veinte años posteriores su ritmo de producción era más o
menos de una historia cada dos años. Un amigo consideraba que era “lascivo”
preguntar por qué no escribió más Mitchell,  creía que la respuesta simplemente era que “escribió
lo suficiente ".

De la obra de
Joseph Mitchell en España solo se han publicado los dos perfiles de Joe Gould,
que Anagrama editó en 2000. El libro salió a la venta por un precio de 1.900
pesetas. Ese mismo año se estrenó la película El secreto de Joe Gould,
dirigida y protagonizada por Stanley Tucci. En mayo de 2010, Quinteto publicó
los perfiles en una edición de bolsillo que se podía comprar por 6,95 euros. Los
perfiles de Joe Gould no se han publicado en edición electrónica y no es fácil encontrarlos en las librerías.

En realidad,
Mitchel publicó alrededor de 2.000 palabras entre los años 1964 y 1996. Se
trata de los textos que escribió para las solapas, sobrecubiertas y,
especialmente, para las notas de autor de Up
in the old hotel
, en 1992, donde se recogieron las historias que aparecieron en
New Yorker entre 1943 y 1964. El
libro se convirtió en un éxito. Mitchell, a los 84 años, consiguió su primer
best seller. Ocho años después de la publicación se seguían vendiendo 7.000
ejemplares al año en Estados Unidos.

Up-in-the-Old-Hotel1El pasado mes de
julio Vintage Clasics editó en Reino Unido los perfiles de Mitchell, que se
venden por 9,99 libras en papel, y se puede conseguir en formato ebook por 9
euros. Tal vez sea un buen momento para publicar en España la obra de uno de
los mejores periodistas aprovechando las ventajas de la edición electrónica.
Mitchell es un buen ejemplo del antihéroe periodístico que poco tiene que ver
con la fatuidad de muchos de sus sucesores. Aburridos del periodismo más
barato, ese que vive de las opiniones, merece la pena leer a Mitchell para
comprender que existe otra forma de hacer las cosas, más humilde –él se
consideraba un humilde periodista y creía que no hacía falta ser una celebridad
para que alguien resultara interesante-. El escritor no anteponía su propia
opinión a la de los personajes que intervienen en la historia. No juzgaba ni
valoraba, se dedicaba solo a contar historias de forma amena para que el lector
pueda disfrutar e, incluso, divertirse. Por eso sus obras resultan tan
interesantes después de sesenta años.

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3 respuestas a El escritor que no publicó en treinta años

  1. Nora dice:

    Acabo de comprar el libro en Amazon, muchas gracias!

  2. Héctor Sarrià dice:

    Pues hay una historia, más modesta, si se quiere, la de un madrileño que anda dando tumbos por el espacio sideral. A veces no parece una novela, otras es un cuento largo e incluso, tiende a semejarse a ciencia ficción. Pero nada de eso es. Lo encierra “todo”. Está loco, que duda cave, pero qué locura divina. ¡Ah!, se llama, El Cosmonauta de Phobos” Amazon.

  3. Jesus Ortiz dice:

    Si te gustan las historias y la literatura, entra en Tanto Que Contar, una red social distinta creada para compartir historias. http://goo.gl/CrZEV

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